El 20 de noviembre de 1936, en plena Guerra Civil Española, fue fusilado en la prisión de Alicante José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española e hijo del dictador Miguel Primo de Rivera. Tenía apenas 33 años y su ejecución se convirtió en uno de los episodios más simbólicos de aquel conflicto.
Nacido en Madrid en 1903, José Antonio se formó como abogado y pronto se adentró en la política, fundando en 1933 la Falange, un movimiento nacionalista que buscaba transformar la vida política y social de España. Su arresto en marzo de 1936, el juicio por conspiración y rebelión militar, y finalmente su condena a muerte, reflejan la tensión extrema que vivía el país en los primeros meses de la guerra.
Tras su fusilamiento, su figura fue elevada a la categoría de mártir por el régimen franquista, que utilizó su memoria como elemento propagandístico. Sus restos fueron trasladados en 1959 al Valle de los Caídos, y en 2023 fueron exhumados y llevados al cementerio de San Isidro en Madrid, en un gesto que buscó devolverle un lugar más íntimo y familiar.
En noviembre de 2026 se cumplen 90 años de su muerte, una fecha que invita a reflexionar sobre el peso de su legado. Para unos, José Antonio representa el origen de un ideario político que marcó la historia del siglo XX español; para otros, su figura es inseparable de la violencia y fractura que caracterizaron la Guerra Civil. Lo cierto es que, nueve décadas después, su nombre sigue siendo parte del debate histórico y de la memoria colectiva.






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